viernes, 30 de enero de 2009

Cerrada por reformas,
pinzándome entre el dolor y el placer de la lectura.

Camino zamba y aguanto de pie el zumo de dos
naranjas.

Sentada es como si clavase mi vestido
al sofá con una alarma antirrobo
y miro al sol a través de los cristales polvorientos,
creyéndome que estoy en Ibiza , porque el fondo de mi balcón es blanco,
porque me atraviesa el pelo, porque ahora se ha posado en mi cara.

Pero no lloro...
Si ahora llorase, el vecino del tercero sentiría el arcoiris,
pero mis lágrimas se perderían en el asfalto y no servirían de nada.
Si almenos cayeran sobre una barra de pan, y se hundieran hasta la miga
para creerse de nuevo que el mundo es blando.