jueves, 13 de enero de 2011

Apariciones

La vieja olía a vapor y yo a perfume caro,
denso, romanizador,
como al ponerte tacones
supeditando el carácter a la apariencia,
poseyéndome por otra.

La vieja beige,
se desvanecía entre las manecillas,
se resbalaba por la covadonga del pasamanos
y bajó del autobús envuelta en una pálida arruga,
como un péndulo, parecía no caminar por la acera,
debía de estar buscando un corredor que le llevara.

El autobús, tan azul como de costumbre abordó el tunel como en una inmersión,
me bajé en la próxima parada ,

no había peces
sólo personas y un rumor de sal.

Caminé como siempre, más de lo esperado,
el cielo se cubría con un párpado de niebla.
Mi perfume caro no hacía más que despedirse, como en un romántico drama,
caminé, un poco más deprisa, cuidando de no perder mi sombrero imaginario y rosa.
Me descalcé llegada la pradera que sostiene el ayuntamiento (a veces blanco, a veces gris).
esperé con el recuerdo del vapor, el aliento salino,
el sombrero y el tiempo,

El día se había comprimido, hacía sol y era de noche,
como si el mediodía y la hora punta se hubieran quedado entre paréntesis,
y allí mismo de espaldas al reloj,
el frío ya casi me tenía como a las farolas
pero supo despreciarme a tu llegada.