viernes, 16 de diciembre de 2016

Una escafandra en el desierto

En realidad hacía tiempo que ya me había ido, quedándome al margen de conversaciones.
Buscaba excusas para estar sola o en casa.
Sólo salía si el acto merecía realmente la pena, sí, la pena, porque todo era aburrido, conocido. Las conversaciones tan poco estimulantes que sentía quedarme allí sentada como un pasmarote dejando correr el reloj. Completamente off.
Si hubiera descubierto la tapa de la frente se habría abierto un mundo cegador, el eclipse y la inmensidad del Sáhara.  Y sólo para las escafandras más interesadas, kilómetros adentro, entre las dunas, un cactus verde, jugoso, solitario, con el que sentarse a conversar.
Pero nadie llegaría hasta allí, al menos nadie de aquella mesa.
Entre tanto, los segundos se extendían como agujas de plata hasta la eternidad.
Yo, de boca sellada por un cemento de vulnerabilidad, comienzo a escuchar mi tormenta de arena. Desorientada, ansiosa, absolutamente conquistada por la timidez o el más soberano aburrimiento,
empiezo el proceso de petrificación en aquella heladora silla.
Ahora el diálogo interno es ensordecedor. Analizo cada movimiento antes de culminarlo, qué desgaste!, Qué sed de naturalidad!. Hago el gran esfuerzo de atravesar mis ecos intentando engancharme a algún hilo de conversación. Es totalmente inútil, tengo la cara de un caballo espantado y entre aquellas voces o todo está dicho o se responde con monosílabos.
Qué mierda!
Sólo puedo esperar, esperar que el tiempo de cortesía termine antes de volverme piedra y lamento.

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